¡Saludos! No todos los viernes 13 son sobre asesinos en bosques tenebrosos. Algunos cuentan sobre maldiciones familiares. Como esta historia, escrita para el viernes 13 de junio del 2025. Este microrrelato es parte de mi colección publicada en Historias de Plumas Negras.
Viernes 13
Desde que tengo memoria y hasta hoy a mis 25 años, ha sido una tradición en mi familia reunirse en la vieja casona de mis bisabuelos cada noche de viernes 13. Es un evento para el cual nos vestimos muy elegantes, celebrando con champagne y música de piano; esperando a que el gran reloj antiguo que adorna el centro de la estancia marque las doce y trece. Nunca me habían explicado cómo sucede ni por qué, pero cada noche de viernes 13, exactamente a las doce y trece, alguien, o algo, deposita una carta sellada a través de la ventanilla de correo de la puerta principal. La carta solo tiene un nombre escrito, por lo general, el de un anciano de la familia.
Luego de unas dos horas en las que celebramos, conversamos y, extrañamente, nos despedimos de la persona cuyo nombre está en la carta, los hombres adultos de la familia acompañan al homenajeado al sótano de la propiedad. Esa persona, nunca más la volvemos a ver.
Al principio me parecía algo normal en mi familia, hasta que me enteré de que, en cada noche de viernes 13, la persona cuyo nombre aparece en la carta es asesinada en el sótano de la vieja casona. ¡Asesinados por manos de mi propia familia! A medida que fui creciendo, comencé a cuestionar esta costumbre. Me decían que debíamos hacerlo para mantener nuestra fortuna y pagar el pacto por el cual se nos había concedido. Entendí por qué éramos tantos, por qué nacían nuevos miembros de la familia cada año y por qué se fomentaba el matrimonio desde temprana edad.
El año pasado fue el turno de mi padre. Sentí mis entrañas revolverse al ver la naturalidad del acto, como si fuera una entrega voluntaria para el beneficio de toda la familia. Este año decidí que no seguiré participando más de esta atrocidad, aunque nuestra presencia sea compulsoria. Huiré de mis familiares y renunciaré a mi apellido. Si es posible, hasta los denunciaré, pero hoy, esta noche de junio, el único viernes 13 de este año, no puedo levantar sospechas.
Como de costumbre, sin fallar a la cita con ese maldito reloj, la carta entró por la ventanilla, cayendo pesada al suelo. Mi tío la recogió y quedó unos segundos atrapado en el nombre que tenía escrito. Me miró fijamente y el escalofrío que sentí bajar por toda mi columna vertebral anticipó lo que estaba por ocurrir. Traté de huir, pero esta noche, no hubo más música. No hubo despedida, ni celebración. Entre todos me acorralaron y me arrastraron al sótano, mientras mis gritos resonaban en el eco y la oscuridad.


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